
En mi vida docente siempre ha sido una preocupación para mí el aspecto evaluación por una diversidad de factores que implican una reflexión constante y profunda.
Soy de los que creen en la evaluación como una vía de recopilar información para conocer más el nivel de aprendizaje de mis estudiantes. Esto me obliga a conocerlos a cada uno en particular para tener de ellos un juicio de valor, consecuente y apegado a criterios definidos para saber cuándo los evalúo, cómo, por qué y para qué lo hago.
Además de evaluar a mis estudiantes, pienso mucho en mis prácticas para tratar de mejorarlas con nuevas actividades que coadyuven al aprendizaje y así conocer las destrezas y habilidades que ellos van desarrollando durante el proceso.
En cada sesión de clase, al final de cada tema y en cada participación veo una oportunidad para evaluar a mis estudiantes con seguimiento de sus actividades, programadas o no, y diversos instrumentos, ya sea a través de asignaciones personales y grupales, exámenes, tareas, ejercicios, entre otras actividades.
La evaluación me exige una dedicación pues no deja de ser una preocupación el diseño y la programación de las actividades, sobre todo las disposiciones departamentales con un formato preestablecido que hacen que se pierda un poco el criterio personal de la evaluación. La cantidad de estudiantes por aula es otro factor a considerar como una problemática para llevar a cabo una evaluación personal, como debería ser.
Además de todo lo antes mencionado mantengo clara la idea de que una evaluación ha de ser constante y motivadora que lleven al estudiante a tomar conciencia de su rol, responsabilizarse de su propio sistema de aprendizaje y ser más independiente.
